Ya te fuiste. No llegaste

Estoy en el 3er aeropuerto de los 4 que necesito cruzar para llegar a casa. Ya estoy hace muchas horas de viaje, y muchas horas en este en particular porque a mi escala de 8hs se le sumaron 5 horas más, con un total de 13 hs solo de escala antes de mi ultimo vuelo de otras 12hs. En total unas 48hs de corrido de vuelos y aeropuertos. Cuando llegué me dieron el boarding pass nuevo y me di cuenta del cambio de horario de mi vuelo, quise ir a preguntar con un dejo de esperanza de que sea un error, pero no, es el mismo vuelo que fue retrasado, 5 hs. Hice unos chistes con las mujeres del scanner, pero cuando bajaba la escalera mecánica a la zona de embarque viendo que me esperaban tantas horas, después de una noche casi sin dormir, se me empaño la vista.

Comencé a respirar, calmándome, pero es como inevitable, es una ola de emocionalidad incontrolable. Termino la escalera con las primeras gotas mojando el barbijo, y es como que yo misma me voy charlando diciendo “vamos, vamos a caminar un poco por acá que no hay gente, toma aire, no pasa nada, son solo unas horas más, vamos, respira tranquila”. Pero no lo conseguí hasta unos minutos más tarde y varias idas y vueltas a ese pasillo vacío. Una vez calmada, me lavé la cara, y salí a descansar, comprar algo, comer algo con una birra y empezar a quemar horas. Soy bastante buena haciendo escala a decir verdad, me acomodo fácil, tengo varios trucos para dormir, y música descargada.

Esta ola de emocionalidad, ya la conozco. No lloro por 5hs más de escala, y en los próximos días no voy a llorar porque hace frio, no lloraré porque tarde la comida. Lloraré por lo que estuve absorbiendo estos 3 meses y no conseguí llorar en ese momento porque necesitaba ser funcional, tomar decisiones difíciles, y seguir el día.

De hecho, es como un poco efecto rebote curioso, porque bajo ese estado de operacionalidad, funcionalidad, efectividad plena, e intensidad, me reencuentro conmigo misma a unos niveles tan simples pero profundos que realmente no puedo explicar. Me encuentro haciendo más chistes que nunca, trabajando con algo de estrés pero con gusto, discutiendo pero porque tengo algo que defender, motivando a todo el resto, y con una energía poco característica de mi personalidad marmota amante de la siesta. En esta misión, en cada discusión de moral o trabajo que tuve, yo siempre estaba parada del lado optimista, confiado, alegre, y compensador de la discusión. Lo cual de verdad me sorprendió mucho cuando vengo de unos meses, o años, de muchísima oscuridad, amargura y bruxismo. A veces hasta escribiendo los posteos de blog me sorprendo a mi misma cuando me escucho diciendo cosas como “valió la pena”. Entonces sí, es lo más desnuda que siento mi esencia y diría con bastante confianza, que logro ser feliz.

Y no es que en ese momento no sienta el dolor y por eso es todo tan color de rosas. Claro que no. Claro que lloro, bruxo y mi vida pierde y gana sentido en cada uno de mis días y noches de misión. Pero se procesa distinto por asi decirlo. Y entonces queda como una cuota que toca digerir, decantarla, transitarla, o como se llame, a la vuelta.

En ese momento, en esa mañana de clínica móvil, que nos instalamos en el campo de refugiados que ya conocemos, y ellos a nosotros, me dejaron las curaciones para que ellos pudieran seguir con la parte de consultorio y asi ganar tiempo y lograr ver más pacientes. Y me encanta hacer las curaciones. Por lo general son heridas simples, pero infectadas por falta de cuidado. Y llego el segundo paciente, un viejito que le pedí que se siente en el piso para que yo pudiera lavarle los pies y asi desinfectarle la herida que tenia hace 3 semanas ya. Tome a una persona que hablaba portugués de traductor y le pedí que le dijera que prestara atención porque él mismo necesitaría hacerse las curaciones los próximos días ya que nosotros no estaríamos ahí. Lavé, desinfecté, puse la crema en la gaza y lo cubrí, siempre con mucha mímica para que lograra entenderme, y el siguió atento todos los pasos. Al terminar, le entregue los materiales en una bolsa para que se los llevara a casa. Y después de recibirlos, dijo algo, y todo el consultorio rió. Entonces pregunté qué había dicho, y me explicaron que se quería casar conmigo. Rei con él, y le dije que tal vez en otra ocasión. Después de el viejito, fue un niño al que pobrecito le hice doler pero era necesario y quedo bien, una mujer con herida en la planta que ya no la dejaba caminar, y otro con las rodillas también con escoriaciones infectadas. Todas cosas simples, pero claro, si se infectan y con las faltas de condiciones de higiene que tienen, ahí estaban sus heridas abiertas con semanas y semanas. En el momento sonreí, hice chistes, los animé y logré con mucha mímica cruzar la barrera del idioma, pero mi corazón los sintió a cada uno. Estas semanas lloraré por cada uno de ellos, porque sus heridas son muestra de sus condiciones de vida precaria que tienen en ese campo de refugiados al que llegaron después de un camino muy duro, y porque sus agradecimientos y miradas para abajo, son porque no están acostumbrados a que los traten con dignidad. Esta misión no se trato de hacer cosas complejas, sino cosas humanas.

Los sentí a ellos y sus heridas, y también a las miradas desesperadas en la distribución de la comida, a todas la veces que escuché decir “ tengo hambre”, la mirada de una madre que llora en silencio con la pera arrugada, al las mujeres dando parto en casa porque no pueden ir al centro de salud, a las casas de palo y plástico, a los niños que se perdieron de sus padres, a las caras de dolor en le hospital, y todos los que le dije “ lo siento, no podemos hacer nada por ti”, y a muchos mas.

También sentí el cariño del staff nacional, a sus sonrisas cada mañana preparando las clínicas móviles diciendo que si a todos mis cambios de planes, sentí cada alta del hospital, cada traslado en la Land Rover que transformábamos en ambulancia, cada risa de las madres en la sala de espera cuando algún niño se asustaba de mi blancura, cada “gracias” en diferentes dialectos.

El aeropuerto es físicamente un lugar de tránsito, y simbólicamente uno no está en ningún lado. Ya te fuiste, no llegaste. El aeropuerto suele sacar muchas emociones a la superficie, por los encuentros, las despedidas, los nervios, la ansiedad, la alegría, la nostalgia, el cansancio, y todo se reduce a vos y una mochila.

Pues bueno, a veces mi aeropuerto dura más que esta escala.

«No se trata de hacer cosas complejas, sino cosas humanas»

7 comentarios sobre “Ya te fuiste. No llegaste

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  1. que más puedo decirte que felicitarte….!!!! cada una de tus cartas son muy esperadas y la emoción de lo que contás es mucha…imagino tu viaje de vuelta y todo lo que pasa por tu cabeza!!!Ojalá fuera joven y poder seguirte en este trabajo tuyo….un beso grande!!!!!

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