Nos quedamos.

No sé cuantas veces pense en como empezar esto que quiero escribir, que quiero compartir, y al no encontrar la manera, simplemente desistí o pospuse una, y otra, y otra vez. Hoy me encuentró ya más cerca de mi retorno que de mi partida en esta misión tan distinta que me tocó vivir este año, lo cual complica aún más tráfico de emociones que se embotella cada vez que me siento en frente de la página en blanco.
Esta vez, necesito recordar que el objetivo de esto que escribo, es para compartir mi experiencia personal y como profesional de enfermería a quien sea que lo quiera recibir, y por eso voy a continuar manteniedo mi posición neutral ante ciertas políticas, instituciones, y hasta personas involucradas. Mi activismo será dar mi ejemplo de cómo trabajar a conciencia y comprometida, y no denunciarlos publica ni privadamente.
Porque verán, en febrero recibí un llamado de Juanchi Martinez, un pediatra argentino con quién había trabajado en Guinea Bissau y que puedo llamar amigo, que en su manera rápida de hablar mezclado con entusiasmo, me ofreció co-coordinar con él un programa de desnutrición aguda en Salta, Argentina. Los productos que usamos en misiones con MSF, estaban llegando por primera vez a la Argentina y necesitaban gente que supiera manejarlos y capacitar a los demás. Regulé mi entusiasmo porque hasta no ver las cosas concretas no queria ilusionarme, porque si realmente era asi, estaría cumpliendo uno de mis sueños que era traer algo de lo que había aprendido afuera a mi país. La propuesta estaba liderada por Ministerio de Salud de Nación y contaba con el apoyo de UNICEF, en marco de la emergencia socio-sanitaria declarada en enero en las comunidades aborigenes.
El 1 de Marzo tuve mi primera reunión en el ministerio, conocimos la propuesta, explicamos brevemente nuestra experiencia y todos los semáforos se pusieron en verde. El 8 de marzo estaba en un avión rumbo a Salta. No fue fácil tomar la decisión de irme de mi casa recién mudada, volver a suspender mi vida por un tiempo, y dejar a mi novia una vez más con la promesa de «vuelvo pronto»; ese primer viaje sería solo de reconocimiento y luego volvería a Buenos Aires para planear la estrategia y más detalles (además de hacer un bolso más grande). Pero al mismo tiempo era fácil decir que si, porque era una propuesta única, trabajar con protocolos que ya conocía, tener la posición de poder enseñarlos y aplicarlos en distintas zonas de mi país como enfermera, y en un equipo donde el pediatra era amigo mio, es decir, no se podía pedir más. Fue extraña pero amiga la sensación de desembarcar en destino, y ver que entendía el idioma, que no necesitaba pasaporte o eternas migraciones, y que hasta el paisaje me sonaba conocido ya que no era mi primera vez en Salta. Pero claro, no sabíamos lo que estaba por venir.
A la semana de haber llegado a Santa Victoria Este, ya habíamos anunciado las intervenciones a realizar, habíamos visto las caras de asombro del personal de salud al conocer la propuesta, y ya nos habíamos instalado en la casa; y entonces se declaró la cuarentena nacional. Junto con esta noticia llegó el momento visagra de la misión, y tal vez algo que marcó mi camino profesional. Nos informaron que debíamos ser evacuados a Buenos Aires, la noticia llegó sin consultar y de una manera vertical, un vehículo estaba en camino a buscarnos y trasladarnos al aeropuerto de Tucumán, la intervención del programa se suspendería o mantendría de manera remota. El desconcierto no era tan grande como la decepción o impotencia de no poder continuar con lo que habíamos venido a hacer, y dejar a los pacientes sin tratamiento en marco de una emergencia sociosanitaria. Entonces sin mucho debate, la decisión de nuestra parte fue unánime, nos quedamos.
Esto implicó renunicar al contrato establecido y muchas seguridades, y comenzar negociaciones para quedarnos bajo el amparo de Ministerio de Salud de Nación, pero si hacía falta, estabamos dispuestos a quedarnos incluso sin contrato. Porque no podíamos dejar que la burocracia una vez más se llevara por delante el propósito del programa, porque mi seguridad en ese lugar aislado no corría riesgo en comparación con la de pacientes desnutridos sin tratamiento, y porque nuestro compromiso con el programa, y por ende con los pacientes, era mucho mas fuerte que un contrato. Nos negamos a caer en manos de decisiones tomadas lejos del terreno en lugar de buscar alternativas, y más aún de ser participes de un contrato que buscaba tanto el mérito como el impacto.
Y una vez más escuché la expresión «estan haciendo patria», y es donde un poco se me brota la vena del cuello. Porque en lugar de preguntar » qué podemos hacer para apoyarlos» o mejorar las condiciones laborales en las que estabamos, no, se opta por el mérito como si el sacrificio estuviese ya impuesto. No adhiero a la idea de hacer patria, del sacrificio de unos pocos para el bien de muchos, o que siempre implique el sacrificio personal por sobre las condiciones de trabajo por ejemplo. Porque no se puede vivir de méritos, y la manera de mantener a personas comprometidas, como era mi caso y el de Juanchi haciendo este trabajo, es poniendo condiciones y contratos que nos amparen. Yo soy partidaria del trabajo conciente, con compromiso, que realmente te importe, y que el reconocimiento obtenido sea el adecuado como sería un contrato justo y vacaciones. No sé bien como explicarlo, no quiero hacer patria, quiero trabajar como corresponde. No quiero que las enfermeras seamos heroes que dan su vida, quiero ser un profesional que tiene condiciones de trabajo justas. No quiero el reconocimiento de nadie, solo irme a dormir tranquila que lo que estoy haciendo vale la pena. Y tomar la decisión de quedarme en terreno, creo que fue más allá del contrato al que renuncié y luego reformulé, fue renunciar a todo esto por mi.
Y lo hubiera hecho así estuviera en Bolivia, Bangladesh o Mozambique. Entonces una vez más me reconocí sin fronteras. Que estuviera en mi país era un contexto más, pero me di cuenta que mi compromiso es con los pacientes y con quien quiera hacer algo distinto para mejorar.
Con Juanchi nos quedamos 2 meses y medio de corrido en Santa Victoria Este, capacitamos a muchísimo personal y comenzamos la identificación de pacientes con desnutrición aguda. Los obstáculos son y fueron incontables, y como me costaría mantener mi neutralidad prefiero que se los imaginen con solo decir burocracia.
Sigo con el mismo bolso con el que me fui para 10 días, ya terminando la intervención en Salta, y a pocos días de volver a Buenos Aires.
Son muchas las lecciones aprendidas, sin duda seran más de las que nosotros dejamos en esta provincia, pero una vez más queda confiar que el verdadero impacto se verá más adelante y ya no depende de nosotros, porque solo se trataba de dejar una semilla.

Caminante de la ruta 54

5 comentarios sobre “Nos quedamos.

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  1. Sofi siempre te leo y siempre me dejas pensado… Sera capaz que en la Argentina como en tantos paises del quinto mundo, buena parte de la accion la generan personas que dan una parte del corazon, por un estado que no quiere involucrarse… Gracias y felicitaciones !

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  2. Bravo Sofi!!!!!! te admiro por tu fuerza y por tu clara visión de las cosas, ojalá puedas seguir adelante en las condiciones que pedís, que no son ni mas ni menos las que corresponden. Un abrazo y mis felicitaciones

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  3. hola Sofi..como estas?
    Que emocion provoca el leerte y trasladarse a través de lo que contas a ese lugar, donde seguro esperan ayuda con mucha esperanza. Que actitud guerrera y solidaria la tuya y la de tus colegas al seguir al pie del cañon sin importar las circunstancias .
    Felicitaciones y gracias por el apoyo brindado a nuestras comunidades aborigenes y el compromiso con ellas.

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