Bajo un gazebo

La ventana baja de la camioneta me despeina todos los mechones cortitos de pelo nuevo que se escapan de la colita que llevo en la cabeza, y por más de que no hay nada más molesto que el pelo en la cara, los dejo… ya me acostumbré. Después de Yemen se me cayó mucho pelo, debe haber sido el hijab, asi que hoy estar con la cabeza al descubierto me alegra.

Hace 2 años fue mi primera vez en Mozambique, y fui a Mueda, que era el proyecto que recibía a los desplazados que buscaban refugio al huir de Mocimboa da Praia y de Palma por el conflicto. Hoy estoy en el proyecto de Mocimboa da Praia pero viendo como las personas están logrando volver a sus casas. Hoy han logrado recuperar sus tierras, volver a sus casas o lo que quedó de ellas, y están intentando volver a vivir su vida como la conocían. Lo están intentando, pero falta. Por eso está este proyecto acá, y yo desde esta camioneta con la ventana baja voy pensando, “así que así era Mocimboa…”.

Si no conocieras la historia de Mocimboa da Praia y llegaras a verlo hoy, probablemente verías un pueblo pequeño, sin mucho movimiento, pocos autos, mucha moto, un mercado pequeñito de puestitos en la calle con mucho pescado por quedar sobre la playa, y algo de fruta y verdura, un pueblo hasta normal. Las aldeas que lo rodean son de casas hechas con madera y barro y techo de paja, aljibe de agua, un fueguito afuera siempre con una olla, bicicletas por caminitos internos, y muchos colores de las hermosas capulanas que las mujeres usan de vestido y transporte de tanto niños en la espalda como de lo que sea en la cabeza. Y si lo vieras, pensarías “que linda comunidad rural”. Pero si miras bien, si miras un poco más y prestas atención, claro que el pueblo es lindo, pero vas a ver que las calles tienen hasta boulevard, que hay una plaza principal, un club de deportes abandonado, y que cada 2 o3 casas hay alguna vacía o quemadas, como abandonadas… entonces realmente se puede ver que éste pueblo solía ser mucho más que un pueblo, que lo que ves como mercado son los primeros puestitos que se están reiniciando después de 2 años de interrupción absoluta pero antes esto era una zona de comercio, que vemos mucho pescado porque no llegan otros alimentos de otros lados porque aún no se circula libremente por la ruta, y el silencio de la noche es porque solo durante el día la gente se siente confiada para moverse. En las aldeas, si miras bien vas a ver más casas vacías, muchos cultivos cerca de casa pero los campos más adentro siguen sin ser trabajados porque nadie se anima a alejarse del pueblo. Hace 2 años escuché mucho la palabra hambre, ahora escucho mucho la palabra miedo. Acá cada persona tiene una historia para contar. Yo aprovecho los viajes para hablar con los motoristas (los que manejan los autos) para que me cuenten, siempre que quieran, como vivieron ellos estos años, como se sienten, como esta su familia y “como era antes”. Sigo después mirando las aldeas que pasan por la ruta y pienso que realmente quisiera volver a ver estas aldeas y pueblos en unos años cuando todo esto este realmente terminado y ellos sintiendo la normalidad. Tendré que volver.

La ruta está muy buena, hasssssta que llegamos a un pueblo q se llama Awasse y ahí empieza el baile esquiva-pozos. Estoy yendo con un convoy de 4 autos con materiales y 22 personas a hacer una clínica móvil a una aldea a 1.45 hs. Voy en la camioneta de adelante y de copiloto porque soy la «líder del movimiento», que además de tener que estar atenta al camino tengo y hablar con autoridades si hace falta, tengo que hacer de mis tareas preferidas que es hablar por la radio tipo walkie-talkie avisando nuestro camino a la base central que está en el pueblo.

Esta aldea a la que estamos yendo con la clínica móvil es la que es un desafío, porque está más lejos y se trabaja contra reloj para atender a todos los pacientes que podamos antes de tener que volver. La efectividad en el armado y el flujo de pacientes es LA clave. Y debo decir que uno de los puntos débiles del equipo y por ende mí mayor aporte. Cada lugar de clínica móvil tiene lo suyo y lo hace pintoresco a su manera, ésta aldea tiene un árbol gigantesco que usamos de sombra para los pacientes, una carpa enorme de lona y de tamaño casa que usamos para poner las mesas de consultorio médico, y también tiene una carpa más chica donde hacemos el consultorio de maternidad (embarazadas y post parto). Después tenemos unos tipos gazebos desmontables (esos si los traemos nosotros en los autos) donde hacemos el triage, la farmacia, vacunación, y uno cerrado con paredes para consultorio de apoyo psicológico. Además de eso claro que traemos las mesas, sillas, tachos, punto de agua, y mil cositas más. Un lujo. Gran despliegue de materiales y de personas, cada una con una función.

Este jueves no es la excepción en cantidad de pacientes, llegamos y ya están muchos pacientes sentados esperándonos, mujeres con bebes, jóvenes, adultos mayores, embarazadas y más niños. Nos ponemos a montar todo lo más rápido posible e ingresar los primeros pacientes al circuito que tienen que pasar por la estación de medición de peso, después triage, después consulta clínica y ultimo farmacia; otros a obstetricia, otros a vacunación, otros a apoyo psicológico, otros a malnutrición, tenemos muchos servicios. Cada cosa tiene su fila, por colores según prioridad, con salas de espera que tenemos que ir regulando para que no se llenen por demás si alguna estación esta atrasada. Por suerte este jueves vino Erica que es mi colega brasilera que es partera y se encarga de todo el consultorio de obstetricia porque reconozco que esa área me cuesta. Yo me encargo del funcionamiento en general y de seguridad, ya tengo unas semanas en esto entonces ya me puedo ir anticipando a algunos problemas, pero mentiría si digo que a todos

Pero lo que sí sé es que, es mejor avisar y anticiparles a los pacientes que no vamos a llegar a atenderlos ese día ANTES de tener que irnos para no dejarlos esperando sin sentido. Es un momento complejo y sensible el de cerrar la clínica móvil cuando hay pacientes sin atender sabiendo que volvemos en 2 semanas y el centro de salud que tienen abierto no funciona bien ni da abasto además que está lejos. Entonces todo lo que esté a mi alcance para intentar hacer de ese momento menos malo, vale la pena.

Eso significa que 2 hs antes de tener que irnos, mando a cerrar la entrada principal de la clínica móvil para que solo atendamos a los pacientes que ya están dentro del circuito desde temprano pero no aquellos que llegan nuevos. Pero, para mí no sorpresa, tengo que literalmente quedarme parada explicándole a la persona encargada de la entrada que no tiene que dejar pasar a nadie más y mostrarle como comunicarle eso a los pacientes que llegan nuevos, pero claramente preguntar que no tengan nada grave. No es una tarea fácil ni agradable, claro.

En medio de este sentimiento contra reloj de ver cuántos pacientes quedan por atender y cuánto tiempo falta para tener que irnos, claro que hay algún médico que consulta por un caso, el de farmacia con alguna consulta de medicación, estar atenta a la fila del peso que siempre se llena, llamar a la base para avisar que viene todo bien cada 2 hs, entonces la sensación es de hacer malabares. Pero es un baile que me gusta, y tenemos un gran equipo. Y este jueves en particular, se suma que mi colega Rafa (ingeniero en agua de Brasil) vino a la clínica móvil para visitar un aljibe comunitario, que está acá cerca, y en medio de este baile de cerrar la puerta de la clínica móvil, se fue con un auto y alguien de la comunidad a ver ese pozo, y yo soy encargada de su seguimiento.

Entonces después de un rato viendo que la persona que debe cerrar la entrada ya captó el mensaje, me subo al auto principal para seguir con el radio a Rafa. En eso veo una nube importantemente gris en el cielo, pero digo, no puede ser “no es época de lluvia”. Pasaron unos minutos, y siento las primeras 2 gotas en el parabrisa, y digo “no puede ser” de nuevo, negación. En eso veo como unos pacientes graciosamente se meten en el circuito después de que mi persona poco encargada de cerrar la puerta no los viera, entonces salgo del auto a la sala de espera a poner orden en ese circuito y vuelvo a sentir la gota, esta vez más gorda. Reclamando no ser ignorada. Vuelvo a mirar al cielo mientras hablo con los pacientes y la próxima gota gorda me cae en la frente haciéndome ver que no puede negarse más. Está pasando. En solo 10 segundos empieza una cortina de lluvia pesada, decidida, dirigida, ensordecedora, incubrible, que hizo que todo el mundo se ponga a buscar refugio debajo de cualquiera de todas las carpas y gazebos de la clínica. El caos es total.

Entro en la carpa de consultorio intentando ordenar la gente adentro, imposible, solo logro que usen todo el espacio para que más personas puedan entrar. Salgo afuera a ver el triage, y pues ya no hay tal triage, solo un gazebo cubriendo gente. Fui a ver la carpa de obstetricia, llena de mujeres que hacían que no entrara la luz y casi no se veía dentro y nadie sabe como pero Erica seguía intentando atender. Corro al auto principal y en esos 20 mts me empapé, y logro hablar con Rafa por el radio, él está más mojado que yo, pero ya en el auto bajo techo, y de camino. Vuelvo a salir a las carpas a ver como hacer para… ¿para qué? ¿Para organizar? ¡No se puede! Es lo que es. No hay nada que se pueda hacer. Entonces me quedo afuera en el gazebo que solía ser una sala de espera. Con algunos pacientes y enfermeros paraditos en el centro para no mojarnos tanto. La lluvia es realmente una cortina. Y siento esa desolación de la perdida de control, y la angustia, pero donde queda claro que el problema es mío de estar luchando contra lo innegable e imposible. No hay nada que se pueda hacer mas que entregarse. Ya está. Sigo incomoda, algo en mi se resiste, lo cual lo hace hasta gracioso porque ¡señora! ¡Date cuenta que no se puede hacer nada, ya está!. Relaja. Disfruta la lluvia. Cuando deje de llover, ya veremos como organizarnos.

En eso llega Rafa, se une al gazebo de la contemplación. Cuando logro entregarme, empiezo a ver lo lindo de la lluvia. Y en eso Rafa me codea y me dice “mira, ves que viene bien”, se veía una mujer en la galería de su casa con una palangana y todos los envases que encontró cargando agua, poniéndola en el aljibe, y un niño bañándose con la canaleta que se forma del techo. Claro, para otras personas esa lluvia era muy necesaria. Me quedo un rato mirándolos. Algo en mi está movilizado.

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La lluvia termino al rato, nos organizamos y pudimos terminar la clínica como pudimos, pero bien, y volvimos sin inconvenientes. Pero en realidad, me llevó 3 meses salir de ese gazebo. Esta misión fue como ese gazebo bajo la lluvia. Una obligación de frenar, desistir a los planes, al control, y a sentir, sentirlo todo. Las conclusiones de que significó eso en mi vida me las quedo para mí, aunque confieso que aún las estoy descifrando. No pude escribir en estos meses ya que estaba mirando la lluvia, pero gracias por el apoyo y la sana insistencia de escribir algo de esta experiencia.

Ya dejo de llover, y esta no fue mi última vez en Mozambique, asi que ya habrá otra oportunidad de más cuentos de las clínicas móviles. De Mozambique uno no se puede despedir nunca, es imposible no volver.

Asi que, ¡Hasta la próxima!

5 comentarios sobre “Bajo un gazebo

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  1. Que maravilla Sofi tu relato, tu experiencia y propia vivencia.
    Me emociona tanto, y me llena de orgullo.
    Me encanta conocer esos detalles que siempre encuentro cuando escribis!!
    Te adoro

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  2. Amo leerte . Y que orgullo todo lo que haces . Nos hiciste esperar . Siempre entro a ver si escribís algo nuevo . Me gustaría leer como te adentraste en este mundo y si tuviste decidido siempre hacer esto .
    PD: te conocí por Lolita y las amo y me encanta ver sus historias cuando estás con ella.

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